El cambio Radical es un proceso... que te lleva a ser nueva criatura
A estos misterios no se puede acceder a partir de lo conocido: «No se puede verter vino nuevo en odres viejos» Mateo 9:17 Los obsoletos paradigmas impuestos por la costumbre, por los prejuicios y los viejos esquemas no sirven.
Parábolas como las del sembrador, el grano de mostaza o la de la levadura aluden a una realidad interior, a un misterio esencial tan real como invisible a los sentidos. De hecho, todas las parábolas que hacen referencia al crecimiento sugieren una evolución interior del hombre, como ya develaron y explicaron algunos buenos entendedores de la fe.
El reino de los Cielos
El "Malkutha dishmaya" expresado en arameo, que en griego se ha traducido como Basilea tou Ouranon y en latín se convertirá en Regnum Caelorum, evoca mucho más que la expresión «reino de los cielos». El vocablo shemaya, además de «cielos», puede significar «luz, sonido, nombre» e incluso «atmósfera», y la desinencia aya alude a lo ilimitado, indicando que el «nombre-luz-vibración-cielo» divinos están presentes en cada partícula de la existencia. Sin duda por ello, el «arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos» de Mateo 3:2 ha de leerse teniendo en cuenta que la raíz aramea shub significa «darse la vuelta»: se trata de mirar en el interior de nuestro corazón. Por otra parte, en el evangelio de Mateo este término aparece exactamente 32 veces y 32 es el valor numérico de la palabra lev, «corazón».
Cuando Jesús utiliza la parábola del grano de mostaza, no está hablando de horticultura, aunque la palabra mostaza o jardal es particularmente apropiada para hablar del reino de los Cielos, si pensamos que cuando Jacob se encontró ante la puerta del cielo sintió miedo y dijo: «¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que, casa de Dios y Puerta del Cielo» (Génesis, 28:17). La raíz «jarad» significa temer, asustarse, y «dal» quiere decir puerta.
Para el que cree y para el que conoce, la fe es otra cosa…
Que creamos con lo que creemos es algo que actualmente maneja tanto la PNL como la física cuántica, sin embargo los iniciados lo saben desde que el mundo es mundo. Pocos conceptos se han convertido en algo tan alejado de lo que significaban originariamente como el de «fe», o Hamanota, el término arameo que en griego se traduce por pistis, en latín por fides y en castellano por «fe», reúne de hecho dos palabras hebreas: emunah, «fidelidad, certeza» y emet, «verdad». La fe, al menos en el contexto evangélico original, no tiene nada que ver con la creencia, sino con "la certeza", que está y va más allá de las apariencias. Así, la expresión: «todo es posible para el que cree» de Marcos 9:23 no debería entenderse como que todo es posible para aquel que tiene una "creencia," sino para el que tiene la experiencia de hamanota, o sea, «una experiencia en el presente que da un poder inmediato». Esto significa que, no estamos hablando de una profesión de fe, sino de una experiencia vivida. No forma parte del orden del razonamiento, sino del que provée la visión del conocimiento directo, por lo cual no puede ser objeto de una demostración racional.
En Marcos 4:40 la fe (hamanota) es lo opuesto al miedo; en Mateo 14:31 es lo opuesto a la duda. Así, la fe es en realidad «el acceso a otro nivel de comprensión, lo que hace que su poder resulte muy misterioso para la inteligencia ordinaria, ya que permite liberar energías y fuerzas que tienen una incidencia efectiva en los planos inferiores de la realidad, aunque su esencia no está en este plano».
Acudir al término arameo "hamanota" nos permite, pues, entender una enseñanza de Jesús que muy pocos cristianos conocen: «Todo es posible para aquel que no tiene miedo» o «todo es posible para aquel que no duda» (que no duda de la verdad que en los hechos mismos le revela el corazón).
La fe tal como la presentó Jesús no es una creencia pasiva, recibida del exterior; es una experiencia, un proceso activo tremendamente poderoso que, como el grano de mostaza de la parábola, esconde tras su apariencia mínima un infinito y sorprendente potencial: hacer que todo sea posible para el que cree. Acercarse sin prejuicios a las palabras originales de Jesús , buscando el espiritu encerrado en ellas, puede ayudamos a activar este proceso. La palabra, da "cuerpo " al mensaje, pero el espíritu que subyace en ella es la "sangre" que nos comunica vida, es el que eleva el mensaje a la categoría de sagrado, es por eso que Yahsúha el mesías pedía, que comieramos su cuerpo (léase su palabra) y conjuntamente bebiéramos su sangre (léase el espíritu de su palabra), hacer esto implica entender y asimilar el mensaje, hacerlo nuestro como una verdad experimentada que nos lleva a una realidad diáfana, absolutamente auténtica, para que renovados por el poder de esta verdadera eucaristía, alcanzaramos nueva vida.